Hoy, 21 de enero, se celebra el Día Europeo de la Meditación. Una fecha que nos invita a detenernos y reflexionar sobre nuestra relación con la mente y las emociones. Vivimos en una cultura que tiende a evitar el malestar y a perseguir constantemente estados agradables, como si sentir tristeza, incomodidad o dolor fuese un error que hay que corregir cuanto antes. Sin embargo, esta tendencia no es nueva ni casual; así lo explica Pema Chödrön en su libro Cómo meditar.
Según la autora, cuando aparece el dolor en cualquiera de sus formas, nuestra reacción inmediata suele ser huir de él. Sin embargo, el camino no pasa por la evasión, sino por aprender a relacionarnos con el sufrimiento de una manera más consciente y amable. En este sentido, la meditación se presenta como una herramienta valiosa, ya que nos enseña a vincularnos con la vida de forma directa y honesta, permitiéndonos experimentar plenamente el momento presente.
Buscar dentro de nosotros
Es cierto que muchas personas se acercan a la meditación con la esperanza de aliviar su sufrimiento, y no es una motivación equivocada. No obstante, las enseñanzas de Buda —y así lo recoge Chödrön— no se centran únicamente en eliminar los síntomas del malestar, sino en comprender y transformar sus causas profundas. Al igual que ocurre con la felicidad, la raíz del sufrimiento se encuentra en la mente.
Podemos intentar dejar de sufrir modificando las circunstancias externas: cambiando de entorno, de relaciones o de hábitos. Pero solo trabajando con la mente es posible aliviar de forma genuina ese sufrimiento que parece provenir del exterior.
En Cómo meditar, Pema Chödrön retoma una analogía del maestro Shantideva para ilustrar este punto. Decía que, si al caminar por la tierra nos lastimamos los pies, podríamos intentar cubrir todo el suelo con pieles para no volver a sentir dolor. Pero ¿dónde encontraríamos tanta piel? Resulta mucho más sencillo y eficaz envolver nuestros propios pies. De ese modo, es como si toda la tierra estuviera cubierta y nosotros, protegidos.
La enseñanza es clara: cuando algo nos incomoda —una persona que nos irrita, una situación que nos desborda o incluso un dolor físico—, el trabajo fundamental no está fuera, sino dentro. Y ese trabajo se realiza a través de la mente, siendo la meditación una de las vías más directas para ello. Como señala la autora, trabajar con la propia mente es la única forma de comenzar a sentirnos más satisfechos con la vida y con el mundo que habitamos.
¿Por qué meditar?
Contrario a lo que suele pensarse, no meditamos para sentirnos bien todo el tiempo. Chödrön compara el espacio meditativo con un cielo abierto: amplio, vasto y capaz de acoger todo lo que aparezca. Pensamientos, emociones agradables y desagradables, estados de calma o de agitación son como nubes que surgen, permanecen un instante y luego se disuelven.
La práctica nos invita a abrirnos a la totalidad de la experiencia, sin rechazar ni aferrarnos a nada. A través de la meditación entrenamos la capacidad de aceptar el abanico completo de lo que somos y de lo que vivimos. Al familiarizarnos con las dificultades y con el flujo cambiante de la mente, aprendemos a permanecer más estables y relajados en medio de las inevitables fluctuaciones de la vida.
¿Cómo empezar a meditar?
El único requisito imprescindible para meditar es el compromiso. Nada más y nada menos. Tal como indica Pema Chödrön, no es necesario apuntarse a retiros ni invertir en objetos sofisticados para crear un espacio perfecto. Aun así, en Cómo meditar la autora comparte algunas recomendaciones prácticas para establecer una rutina sostenible.
El primer paso es fijar un horario realista, uno que podamos mantener en el tiempo. Puede ser a primera hora de la mañana, antes de comenzar la jornada laboral, o por la noche, cuando la casa ya está en silencio.
También es útil elegir un entorno sencillo y tranquilo. No hace falta adornarlo en exceso; de hecho, cuanto más simple, mejor. Aun así, Chödrön sugiere la posibilidad de crear un pequeño altar con objetos significativos, como una vela o la imagen de un maestro que nos inspire y nos ayude a conectar con la práctica.
Por último, conviene decidir la duración de cada sesión. Algunas personas pueden dedicar horas a la meditación, mientras que otras apenas disponen de veinte minutos. Aunque pueda parecer poco, ese tiempo es suficiente para volver a los sentidos, desacelerar y permitir que emerja esa parte de nosotros que intuye cuál es la acción correcta en cada momento.
Además de promover esta práctica y sus beneficios, el Día Europeo de la Meditación nos recuerda que no se trata de eliminar las emociones difíciles, sino de aprender a estar con ellas. En un mundo que nos empuja constantemente a distraernos o a evitar el malestar, la meditación nos propone lo contrario: prestar atención, escuchar y dar espacio a todo lo que surge. Reconocer nuestras emociones —agradables o no— no nos debilita; nos vuelve más conscientes, más presentes y más humanos. Quizá ahí resida el verdadero valor de esta práctica: en aprender a habitar la experiencia completa de estar vivos, sin excluir ninguna parte de ella.







