Estás conduciendo por una autovía a 120 kilómetros por hora y, de repente, aparece un pensamiento inesperado: «Podría girar bruscamente el volante y salirme de la carretera…». Este es un ejemplo de pensamiento intrusivo: una idea, imagen mental o impulso no deseado que aparece de forma involuntaria y que puede resultar inquietante.
Seguro que tú también has experimentado alguno en algún momento de tu vida. Tranquilo, no estás solo. De hecho, un estudio internacional realizado con 777 estudiantes universitarios de 13 países y seis continentes concluyó que el 93,6 % había experimentado al menos un pensamiento intrusivo en los tres meses anteriores. Afortunadamente, estos pensamientos desaparecen tan rápido como llegan. Sin embargo, hay personas a las que los pensamientos intrusivos les puede generar miedo: «¿Por qué he pensado algo así? ¿Significa qué podría llegar a hacerlo?».
En el Mes de la Salud Mental, queremos hablar de cómo afrontar los pensamientos intrusivos sin dejar que el miedo que nos provocan condicione nuestro día a día. Porque, aunque nuestro primer impulso sea intentar eliminarlos cuanto antes, a menudo ocurre justo lo contrario: cuanto más luchamos por expulsarlos de nuestra mente, más atención les prestamos y más presentes parecen estar.
El error que todos cometemos
Cuando aparece un pensamiento intrusivo, nuestro primer impulso suele ser intentar eliminarlo, buscar explicaciones o convencernos de que nunca haríamos algo así. Sin embargo, como explican Martin N. Seif y Sally M. Winston en Guía para superar los pensamientos atemorizantes, obsesivos o inquietantes, estos intentos de control pueden acabar reforzando el problema. Cuanto más luchamos contra una idea, más atención le prestamos y más importante o amenazante puede parecernos.
La clave está en comprender que no basta con exponernos a esos pensamientos: también importa cómo respondemos cuando aparecen. Si intentamos rechazarlos, discutir con ellos o encontrar una explicación que nos tranquilice, seguimos atrapados en la lucha. En cambio, aprender a afrontar su presencia sin intentar controlarlos a toda costa nos permite reducir el miedo que les tenemos. No se trata de resignarnos al malestar, sino de dejar de alimentarlo con nuestra resistencia.
Los autores proponen cambiar nuestra manera de abordar cada episodio de angustia y, al mismo tiempo, aprender a relacionarnos de otra forma con nuestra propia mente. Así, cada vez que dejamos de responder al pensamiento como si fuera una amenaza que debemos neutralizar, tenemos la oportunidad de reducir su poder sobre nosotros. El objetivo no es demostrar que el pensamiento es inofensivo ni conseguir que desaparezca inmediatamente, sino aprender a atravesar ese momento con menos angustia. A continuación, veremos seis pasos prácticos que pueden ayudarnos a conseguirlo.









