Existen problemas de salud que, por lo general, tendemos a interpretar desde un origen puramente psicológico. Es el caso de la fatiga o la niebla mental, que solemos asociar al estrés o la ansiedad derivados de factores externos como la presión en el trabajo, el ritmo acelerado del día a día, la falta de sueño o, incluso, la sobreestimulación constante de las redes sociales.
Sin embargo, es posible que no siempre estemos buscando la causa —y, por tanto, la solución— en el lugar adecuado. Cada vez más profesionales de la salud ponen el foco en un factor distinto: la alimentación. ¿Podría lo que comemos estar influyendo en nuestra salud mental? Según el Dr. Steven Gundry, la respuesta es sí.
La conexión intestino-cerebro
Son muchos los libros de nuestro catálogo que exploran la conexión intestino cerebro y cómo lo que comemos influye en nuestro bienestar a todos los niveles. Sin embargo, uno de los más transgresores en este ámbito es La paradoja intestino-cerebro, de Steven R. Gundry.
En este libro, Gundry no se limita a retomar la idea de Hipócrates de que toda enfermedad tiene su origen en el intestino. Va un paso más allá y sostiene que muchos problemas de salud mental, cognitivos, conductuales, de la personalidad, derivados de malos hábitos y neurodegenerativos podrían tener su origen también en el intestino.
Tres casos reales
Gundry nos habla en La paradoja intestino-cerebro de tres pacientes que acudieron a su consulta presentando diferentes síntomas:
- Una mujer de 62 años diagnosticada con Parkinson cinco años antes. Había pasado de correr maratones a sufrir temblores intensos, problemas de equilibrio y grandes dificultades para caminar, sin obtener mejoras significativas con la medicación convencional.
- Una adolescente que, tras haber sido una deportista activa, desarrolló un trastorno del movimiento asociado al síndrome de taquicardia ortostática postural (POTS), además de problemas de salud mental como trastorno bipolar y trastorno obsesivo-compulsivo. Su estado llegó a ser tan limitante que necesitaba un andador y dejó de asistir al instituto.
- Un hombre de poco más de treinta años con una larga historia de adicción a las drogas y al alcohol, que había pasado por múltiples centros de rehabilitación sin éxito, además de arrastrar dificultades laborales y de salud mental.
A simple vista, se trata de tres casos muy distintos entre sí, sin un nexo claro que los relacione. Sin embargo, según explica Gundry, más allá de sus diferentes síntomas, los tres pacientes compartían una misma afección de base: disbiosis e intestino permeable.
¿Qué es la disbiosis y el intestino permeable?
La disbiosis es un desequilibrio en la microbiota intestinal, es decir, una situación en la que las bacterias “beneficiosas” disminuyen y las potencialmente perjudiciales aumentan.
Por su parte, el llamado intestino permeable hace referencia a una mayor permeabilidad de la pared intestinal de la que se considera habitual. Cuando esta barrera se debilita, sustancias que normalmente deberían quedar confinadas en el intestino (como fragmentos de alimentos mal digeridos o compuestos bacterianos) pueden pasar al torrente sanguíneo.
Según Steven Gundry, tanto la disbiosis como el intestino permeable son el origen de un gran número de enfermedades, especialmente de tipo neurológico y mental. En este sentido sostiene que, al abordarlas mediante el plan de alimentación y suplementación que incluye en La paradoja intestino-cerebro, se pueden minimizar sus efectos y hacerlos desaparecer.
De hecho, en el libro explica que, tras aplicar su protocolo, la mujer de 65 años recuperó gran parte de su movilidad, desaparecieron los temblores y llegó incluso a retomar la actividad física; la adolescente comenzó una mejoría progresiva que le permitió volver a caminar, reincorporarse a clase y recuperar la actividad deportiva; y el hombre logró abandonar el consumo y mantenerse sobrio durante años.